Sermón del Arzobispo Justin al conmemorar XX años de mujeres sacerdotas

Ruth 1:16-18; Filipenses 2:1-11; Juan 20:11-18

En primer lugar, muchas gracias a quienes han organizado este servicio; obviamente el decano, el capítulo y la comunidad aquí en San Pablo, el Obispo de Londres. Pero sobre todo a quienes disponen juntos el servicio, una enorme cantidad de trabajo. Y sobre todo gracias por la invitación a predicar. Estoy profundamente agradecido e inmensamente privilegiado. También estoy muy agradecido de oír los testimonios hace unos minutos…

Iglesias –como deben ser las mejores iglesias, el pueblo de Dios en acción— no se construyen a través de victorias y derrotas en asambleas legislativas, ni como el resultado de proceso y deliberación. Este tipo de cosas son necesarias, incluso indispensables, pero no son suficientes. Una buena iglesia se forja a través de su transformación en la semejanza de Cristo. Es un paso de ese viaje que conmemoramos hoy para celebrar 20 años de la ordenación de mujeres al sacerdocio.

Como Ruth con Naomi, algunos actos de lealtad profunda subyacen la transformación con la que nuestra iglesia ha sido bendecida. Ruth eligió ella misma aliarse al pueblo de Dios, que conocía únicamente a través de sus suegros. Fue una elección contra viento y marea y sin largas consultas. Su experiencia del Dios de Israel no era una bendición. Pero dijo el riesgoso –ciego y tonto- robusto sí, que ahora conmemoramos como un acto de gran fidelidad. Y a través de la línea de sus ancestros, rastrear el nacimiento del Mesías. ¿Qué riesgo fue para ella, lo que es una bendición para nosotros?.

El viaje de ordenación de mujeres ha requerido mucho riesgo, desde las Naomis y las Ruths. De esos hombres y mujeres que salieron hace tiempo a un curso que parecía inimaginable, su costoso molido allanando el camino para quienes reunidos aquí demos un paso adelante. En nuestras celebraciones – y que habrá celebración – nos pasaremos por alto el costo, la amargura de la decepción y el rechazo, cambia la resistencia instintiva de un frente de la institución. Hay una doble lealtad a Ruth y muchos como ella: un compromiso sacrificial a una persona en particular o causa y luego una lealtad a las consecuencias, las cargas, que siguen. Me temo que es la segunda – lealtad a la maquinaria institucional – lo que cuesta más, no menos importante porque a menudo falta honrar ese sacrificio. Como representante de esa institución, quiero agradecer aquí a quienes cuya lealtad costosa, cuyas cicatrices, hacen posible esta celebración, y quiero decir cómo me entristece personalmente que costara mucho, para pedir perdón por mi parte en ese dolor.

La institución que fue Israel vino a ofrecer plena aceptación de Ruth. La superación de la parcialidad en nuestra iglesia es fundamental para nuestra transformación. Como María Magdalena, proscritos hemos sido emitidos y recibido una visión de la gloria de Dios – que a veces es más evidente en los puntos de más desesperación. María como Ruth es crucial otro eslabón de la cadena, esta vez la cadena del testimonio de la resurrección de Jesucristo. Y por eso a veces se llama al primero de los apóstoles, el apóstol de los apóstoles.

En la gracia de Dios nuestra propia humanidad es el material a través del cual se revela la divinidad de Dios. Hombre o mujer, no importa tanto en nuestros seres, a través de nuestro barro, en la disposición a arriesgar todo y se detienen ante nada, ofrecemos nosotros mismos a Cristo y por Cristo. Entonces podemos en su gracia y amor hacernos como Cristo, que se despojó a sí mismo y tomó la forma de siervo, en aras del mundo. En nuestra propia debilidad, podemos ser los instrumentos del poder transformador de Dios para el mundo.

No estamos allí todavía; Nunca estaremos enteramente allí. Pero celebramos lo lejos que hemos llegado, seamos conscientes de la distancia a viajar. En 20 años hemos recorrido un largo camino: ¿Cómo no vimos que hombres y mujeres son igualmente iconos, testigos, vasos de Cristo para el mundo? Veinte años, de unos 450. Eso es menos del 5% en la historia de la iglesia de Inglaterra, hasta el momento, una historia en la cual seguimos comprometidos a reimaginar el Ministerio. Nosotros podemos estar haciendo progresos, pero tenemos un largo camino por recorrer. Hoy es tiempo de celebrar, pero no de complacencia.

También tenemos que ir más allá al hablar del clero. El Dios de la riqueza de su gracia y su amor nos derrama muchos ministerios, y todos necesitan prosperar a fin de que su reino pueda verse, y muchos puedan encontrar su amor y convertirse en seguidores de Jesucristo. La preocupación por la ordenación de mujeres, no puede hacernos perder de vista el hecho de que ese Ministerio es acerca de Dios. La obra de Dios transforma, en y a través de nosotros. Transformación de exilio en baile como con Noemí y Rut: transformar la amarga tristeza en abrumadora alegría, con María, en última instancia transformar toda humillación en la gloria eterna de Cristo.

Cuando podamos entender completamente esto –el Ministerio como todo acerca de Dios, en Cristo– la Iglesia se convertirá de adentro hacia fuera. Lo que deberá ser comprometido apasionadamente con el mundo, es mirar hacia el exterior, no hacia adentro. Entonces ya no será el caso que una parroquia no lejos de aquí reciba 84 solicitudes, mientras que algo en el noreste no resulta en un paquete de información descargado.

Hay mucho que celebrar. No quiero perder de vista ni por un momento –cumpleaños fiesta tiempo— Alabado sea Dios. Celebramos porque Dios es bueno y hace cosas buenas entre nosotros. Hoy celebramos porque lo bueno que hizo hace veinte años está más allá de toda medida, es bueno para su mundo, así como bueno para cada mujer que ha encontrado este Ministerio. Por lo tanto celebremos con plenitud de corazón sin contenernos, no en triunfalismo, sino en el temor de Dios que tanto nos ama que nos dio todo su ser –para que todos nosotros, mujeres y hombres por igual, podamos dar todo de nosotros mismos al seguir a Cristo nuestro Señor.

Amén.

 

Foto (Lambeth Palace): El Arzobispo Justin Welby, Primus Interpares de la Comunión Anglicana y Arzobispo de Cantórbery, acompaña a mujeres del clero de la Iglesia de Inglaterra en el festejo por los primeros XX años de la ordenación de mujeres al sacerdocio.

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