Miedo sin escape: Una perspectiva espiritual sobre la crisis en la frontera

Por James R. Mathes*

En los últimos días, hemos visto con preocupación creciente cómo una nueva ola de niños migrantes no acompañados cruzan la frontera de EEUU. En los últimos tres años, las cifras se han septuplicado, con expectativa de llegar a 90 mil niños este año. Su vuelo desde su casa a lo desconocido es en gran medida el resultado de la pobreza insoportable y violencia generalizada. Las tasas de homicidio en sus países de origen de Honduras, Guatemala y El Salvador ocupan el primero, cuarto y quinto lugar a nivel mundial. Uno de cada cuatro niñas y niños migrantes en EEUU proviene de México, donde la violencia del narcotráfico ocurre diario en las zonas rurales del país.

Como si el trauma que enfrentan estos jóvenes no fuera lo suficientemente preocupante, la respuesta de muchos estadounidenses a su situación sólo puede describirse como fea. EEUU es una nación de inmigrantes. Muchas tradiciones religiosas ensalzan las virtudes de la compasión y la hospitalidad. Moisés, Jesús y Muhammad eran extranjeros en tierras extrañas. Como un líder cristiano, soy consciente de la exhortación bíblica para dar la bienvenida al forastero. Ese mensaje resuena profundamente dentro de la tradición cristiana. Dar la bienvenida al extranjero es dar la bienvenida a Cristo mismo.

A primera vista, puede parecer como si quienes estaban gritando “U-S-A, U-S-A, U-S-A” frente a migrantes indocumentados en Murrieta no tuvieran nada en común con los niños y mujeres en los autobuses y otros que seguramente los seguirán. Pero en verdad, los migrantes y los manifestantes son presa de lo mismo: miedo. El temor a los migrantes se basa en los peligros tangibles de su país de origen: pandillas, drogas violencia y disturbios políticos. Los manifestantes están temerosos de un mundo cambiante en el que los recursos y el poder deben ser compartidos —un mundo en el que aquellos de nosotros que tienen de sobra deben dar para que otros puedan vivir.

La realidad es que no se puede escapar del miedo. Usted no puede protestar de lejos. La única manera de avanzar es amar al migrante. Aun cuando gritar epitafios no deseados en algunas protestas alivia la tensión, otros apaciguan el miedo con cuidado y compasión por esos extraños en nuestro medio. Pues la escritura dice, “en el amor no hay temor, porque el amor perfecto echa fuera el temor” (Juan 4:18). Si usted está temeroso de aquellos que cruzan la frontera, les invito a abrir los ojos a la vulnerabilidad humana del otro, para abrir los oídos a su historia de dolor y a abrir sus corazones a su hermana y hermano. La vulnerabilidad de la compasión, puede desarrollar el amor y el miedo puede disminuir.

La semana pasada, en EEUU celebramos el 234º aniversario de nuestra declaración de independencia con la inmortal proclama que “todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su creador con ciertos derechos inalienables, que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Esta proclamación es anterior a la noción de ciudadanía estadounidense. Mientras que debemos ser conscientes de la seguridad, no podemos perder nuestra gran bondad, el corazón y el alma nacional. Como ocurre en tantos lugares problemáticos en nuestro planeta, los vulnerables y en peligro de extinción están en nuestra frontera, en el umbral de nuestra nación —suplicando ayuda.

Los mejores momentos de nuestra nación han sido tiempos de crisis como ésta. Consideremos el Plan Marshall, el cuerpo de paz y nuestras respuestas a desastres como el terremoto en Haití y los tsunamis en Asia. Ahora, la crisis está cruzando el umbral. Es una oportunidad para descubrir, como dijo Abraham Lincoln “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”. Nuestro futuro está ligado a cómo respondemos a quienes se acercan a nosotros pidiendo ayuda. Entonces, en lugar de gritar un arrogante y temeroso, “U-S-A, U-S-A, U-S-A”, podemos cantar, “Bienvenidos” y en serio.

*) Obispo de la Diócesis Episcopal de San Diego.

Foto: El Ilmo. James R. Mathes Obispo de la Diócesis Episcopal de San Diego

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